martes, julio 04, 2006

Pronto

bostezaré como un pato!

martes, marzo 07, 2006

Rictus en forma de final complejo de telenovela pederasta

Horacio, vení para acá, si, vení. Es así Horacio, lo dice Álbar, y cosa que dice cosa que le acierta. Sullonth, quiero que me quieras, ¿llegaré a mi cometido? No lo se Horacio, vestite, dale, llegamos tarde ¿Para qué el tiempo Sullonth? Álbar bien nos dijo que el tiempo arrollaría nuestra pasión, Horacio, ¿lo escuchaste? Claro Sullonth, siempre Álbar, ¿y fue así? Llamá al ascensor Horacio, ¿querés? Si Sullonth, claro, a menos que quieras bajar por las escaleras como cuando lucíamos jóvenes. Álbar será tan paciente, ¿no Horacio? Si, Álbar, Álbar, planta baja ¿notaste que ya no nos besamos en el hall de entrada, ni nos reímos del juego de espejos por la mañana, ¿notaste Sullonth? Debí olvidarme el sobretodo arriba Horacio, ¿podes buscarlo mientras le aviso a Guss que saque el carromovil? Si Sullonth.
Piso uno, ¿qué tendrá que ver Guss con todo esto?, piso dos, ¿por qué se empecina con Álbar?, piso tres, ¿por qué aún no ha nombrado a Dolores Clavet?, piso cuatro, este ascensor apesta a zorrino. Guss por favor, abrime la puerta, se cordial por vez primera Guss (dice Sullonth). Se lo voy a decir, ahí esta el sobretodo, ahora bajo y se lo digo, y ya… Eleonora, ¿has visto a Dolores Clavet hoy? OH no, señorita Sullonth. Pues sal del camino entonces que ya baja Horacio. Piso tres, ni bien la vea desembucho, le diré Sullonth ¿quieres casarte conmigo? Guss maldita sea deja abierta la puerta de entrada para que salga el imbecil de Horacio. Si señorita Sullonth, es que debo cuidar del gato de Eleonora, y… OH, gracias Guss. OH, de nada señorito Horacio. Horacio, por mil demonios, apurate que no llegamos. Horacio!!! Dolores!!! Horacio!!! Eleonora!!! Horacio???!!! Sullonth, debo decirte algo! Guss, cierra la maldita puerta, Horacio sube al auto, yo me encargo de la zorra de Clavet. Horacio!!! Es que te he venido a buscar. OH! Dolores, viniste desde Cataluña??!! Horaciooooooo! al auto dije!!! Si Sullonth, pero antes debo decirte algo que ya no me aguanto. Yo se lo quería decir señorita ¿¿Qué Eleonora?? ¿¿Qué Horacio?? Y vos Perra engreída como te atreves. Por favor señorita. Guss, no se meta. Claro señorita Sullonth, lo que usted diga.
Silenciooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooo!!! (Horacio grita) Sullonth, ¿quieres casarte conmigo? Guss dice, hasta que la muerte los separé! Eleonora solo quería una tacita de azúcar. Pues que no he venido al pedo Horacio. No, Dolores… es que te olvidé hace tiempo, desde que Sullonth. No, Horacio, no he venido por ti hombre. Horacio, dame el sobretodo y subite al carromóvil, mañana te pediré el divorcio. Señora, debo decirle que le han hipotecado el piso entero (dice Guss). Y yo que los polos se derriten (dice Eleonora comenzando a llorar). Y yo que por usted dejé el continente báltico (dice Dolores Clavet). Arranca de una buena vez Horacio que rompí bolsa y Álbar nacerá antes de tiempo.

miércoles, febrero 15, 2006

La inedición mostaza

- Chrasper, no obres con odio, el odio no te llevará más que a la fachada de mostaza de Ricardo, y sabes que ese tal Ricardo fuma cosas raras, quién tiene hoy día una fachada de mostaza puede tener una cómoda de fondán, o pior aún, un diapasón de berenjena.
- Lo se Vienfe, pero los come-citas me sacan del lecho de la modorra teórica y me baldean con aceite en la espalda, y vos sabes Vienfe que tengo hongos de esos blancos que nunca mueren, no quiero que se frían en caldos artificiales, no quiero que uno de esos editores machaquen mis rimas y menos que lijen mis ideas púberes.
- Bien lo has dicho, son solo manías de adolescente…
- No Vienfe, no es la juventud la que me ciega con utópias o méforas, no es el revés de la veintena, no es el pliego de la campera gastada que nunca lavo, no es, no es y no es.
- Chrasper, me voy de la revista.
- Porqué Vienfe?

- Estoy harto de que me editen, no ha salido ninguna de mis seis reviús, ¿no te enojas?
- Claro que no mi amigo poeta, tus palabras deben secarse con otro sol, y el cloro de esta pileta seca a tu corazón de pejerrey. Conserva tus aletas.
- Nos hundimos en nuestra propia tinta, malditos suicidas necromantes.
- Tu lo has dicho Vienfe, cuanta bronca en mi…
- Chrasper, la bronca es igual al odio.
- No lo es, no, claro que no, la bronca es una siesta y el odio anestesia de diamantes.
- Qué harás tu Chrasper?
- Pronto seguiré tu camino Vienfe, por ahora me refugiaré en cuentos ineditables, de esos que asustan a los come-citas y a los pedregullos y meforistas.
- No quiero inducirte a…
- No, en lo absoluto.
- Chrasper, ¿sabes que Ricardo estuvo lamiendo su fachada el otro día?, y en una de esas yo salí con mis panes abiertos en mariposa a buscar mi embutido, en el parque, viste, y en fin, ahí estaba trepado Ricardo observando. Ya mandó a hacer sus ventanas de salchicha vienesa.

martes, enero 31, 2006

Nubes de Papaya

Los conejos son tan bonitos que habría que pisarlos hasta que reviente la belleza en gotas peludas y pomposas. Le compuse un vals a la heladera mientras se descongelaba, me abría sus puertas, se deshacía ante mi guitarra franca.Caen como jugo de esos que no se ven seguido en los shops. Gotas de Papaya, que sabor tan excéntrico. Al menos sabrán que no es Piña. Me quedé parado en el colectivo, todos sentados, y yo al revés, sin ánimos de revelarme contra la máquina de monedas, ni de prolongar un discurso sobre el celular de una señora desteñida y gastada. Que llueva de esa forma, quizá cure a la calle, y mis pupilas se dilaten cuando yo lo crea necesario.
Tengo una novela atascada en la garganta. Es como una bola mullida y nevada. Pero también es como una nube que asciende fácil y se pierde.
Tráiganme un títere. Grabaré mi voz más ronca y amplificada. No uso escarbadientes. Ya van a salir, y espero que sean así de bonitos. La alfombra empapada. El olor a perfume de bebé. Soy desertor de esta limpieza. Hasta ahora son arcadas, igual. Tan poca acción me desagrada. Qué puedo hacer con mis pies mojados y mi capa tersa. Ya salen las patas, o las orejas. Llueve, no llueve, qué importa.

viernes, enero 20, 2006

Alguien más será impune y hablará del amor

El amor dos puntos sustancia intocable que se ordena en cápsulas punto dícese que las mismas rinden un mínimo lapso de tiempo punto ídem felicidad punto ídem orgasmo punto ídem relámpago que se hace mierda abre paréntesis palabra inapropiada pero honesta cierra paréntesis en el mar punto sinónimo dos puntos la incomodidad más hermosa del sistema solar punto final

jueves, enero 19, 2006

La triste insipiencia geográfica de un hombre solo

Histeria y azafrán. La tierra es amarilla como la paz es de azahar. Estallan los sueños, mis sueños. No queremos sinergia. El ocaso de las sectas. El atardecer de mis brazos sobre el morbo. No gana la ignorante geografía. El final de los premios. No dictaré sentencias. No me determines. Abracémonos.
Me preguntaras sobre la histeria, lo puedo superar. Sobre el azafrán, la vianda de esa noche. Sobre oriente, no mucho. Los sueños, los tuve después. La sinergia, apenas oí. Pero basta! Hasta ahí. No puedo seguir diciendo la verdad. No soy yo quien sentencie. No soy yo quien sentencie. No soy yo quien sentencie. ¿Hace falta comerte? Quizá si. Y seré culpado. No se nada de sistemas.
¿Deberé callar? No quiero preguntar qué es lo que debo. Te va a doler. Los abrazos duelen, los premios palidecen, los dictados pecan. No soy quién para culparte. Me siento identificado con tu gula, por cómo masticas el aire, y dejas caer las migas, y tu pelo, que desaparece de a poco. Hace siglos no te veo ¿Querrás pasar por mi casa que está siempre abierta? No desesperes, es demasiada libertad, llamalo histeria, azafrán, está cerca. Mis brazos seguirán recostados en tu morbo lo que tarde el sol en bajar.

lunes, enero 09, 2006

El delfín

Pepe Asufre vive en un pueblo cercano al Dique de los Atunes. No hace mucho que Pepe descubrió otro refugiado. Y ya va una decena en su haber desde que lo mataron a Walter Rodrigo.
Pero no hasta hace unas horas es que supo del atentado en manos de este ex-policía, que habita la casa de la “L”, a tres minutos camino a la playa. El dato se lo dio el plomero-gasista-soldador, Emilio Pompiglio (en Balsa Rúcula, barrio de Pepe, los oficios suelen ser tomados de a varios y practicados de forma fiel y sencilla).

Nora Wasserman, la esposa de Pepe, contó, ese mismo día por la tarde, que un Wolkswagen Bora azul metálico conducido por una mujer, (luego se confirmó a Hanna Mastazzi), siguió su mismo camino desde la entrada de Balsa Rúcula por la ruta Nacional 31 hasta la esquina de la morada de los Asufre, donde dobló y entró en la casa de la consonante. Se sabe que los Mastazzi, viven en la casa de la “L”, y tienen un Walkswagen Bora, que únicamente lo conduce Máximo Mastazzi, esposo de Hanna Cángele de Mastazzi.

En la Sociedad de Fomento de Balsa Rúcula se produjo hace unos días (cuando nació el rumor) un escrache a los Mastazzi, el cual cerró con lágrimas de la única hija de los susodichos, Lucille, la cual repetía una y otra vez “Mi papá no es un asesino”.
No es pequeño el dato de Nora. Hanna nunca manejó. Entonces Máximo no estaba en casa.
Balsa Rúcula, cuna de nazis y ex-policías, un puñado de fascismo que tiñe el ocaso de mi hijo, poetiza Pepe desorbitado, tomando un amargo sentado en el jardín de la casa de enfrente, con franco dolor (Pepe toma prestados los jardines, depende como cae la luz del sol).
La casa de la “L” siempre ostentó poder: su entrada con pilares tallados en piedra y madera de artesanos; su patio kilométrico de verde pasto, un catálogo de árboles coloridos, un ovejero alemán fornido y atento que ladra ante el menor indicio externo, un alambre tejido de dos metros de alto que rodea todo el perímetro; techos de tejas negras; antena de cable; pileta; patio de invierno. Sus vehículos también: una camioneta de carga último modelo; el renombrado WB Bora; un par de motocicletas para andar en la arena; un cuatriciclón y una lancha de navegación rápida subida a un trailer diminuto.

No es difícil desenmascarar a esta gente, piensa Pepe tronándose los dedos. Ellos están de algún modo orgullosos de haber servido a la Patria, de haber accionado y obedecido a sus oficiales.
A Máximo se le marcaba la aorta como si fuese un pedazo de plastilina, decía siempre Nora, y Pepe reía por las analogías plásticas de su esposa. Esto de la vena era cuando salían temas disparadores como “Cuba”, “Ché”, “Isla”, “76”, “82”, y claro, todo lo que encerrara el concepto militar.

A Pepe se le pone la piel de gallina. Los perros siguen ladrando desde el interior del garaje. Un limón cae del limonero y estalla como un proyectil sobre los yuyos. Pepe enarbolado por el llamado de Emilio Pompiglio, quien sin vueltas cercenó la historia de los Asufre. Pepe toma otro amargo y se atraganta. Se repone y cruza hacia su casa.

A Pepe le hubiera gustado estar en la marcha de las cacerolas del año pasado, pero Ciudad Capital le quedaba lejos. Desde Balsa Rúcula, Pepe observaba a llanto tendido en su pantalla las aspas del helicóptero con aquel señor avejentado dentro. Dos días antes, en uno de los puentes de ingreso a Ciudad Capital, caían dos jóvenes piqueteros: uno de ellos, Walter Rodrigo Asufre, en la maldita representación de la familia, como Nora después se reprochó día a día.

Pepe ya salió de su casa (Nora dormía). Luego forzó la entrada de piedra y se cargó al ovejero.
Por momentos se marea y duda en caer al pasto prolijo. Luego se pasa la mano por la frente y seca su sudor en el antebrazo de la silla de madera. De reojo, y solo por curiosidad, vuelve a ver al ovejero, el cual sigue tendido. Walter..., piensa Pepe mientras carga la escopeta. Pronto oscurece. Siempre es más verde el pasto del vecino, se dice Pepe.
Ahora unos faros. Un auto que dobla. Un delfín azul metálico que se asoma.